Violencia, Desigualdad y Género

La desigualdad es un fenómeno que acompaña a la humanidad desde su nacimiento. Esta desigualdad se consolidó mediante múltiples procesos a través de la normalización del dominio de unos sobre otros. Un proceso que fue posible por la acotada aplicación del concepto de “dignidad”, es decir, históricamente no todos contaron con la misma dignidad-rango de personas, hubo, desde las perspectivas dominantes de cada época, las personas “verdaderas” (con el derecho a dominar) y las sub-personas (los dominados). Como ya han señalado: “lo natural siempre fue la desigualdad, pues, conforme a la ley de la selva, se imponía como norma, como derecho, la ley del más fuerte (el que contaba con el género dominante, la riqueza suficiente, la fuerza, la religión o el elemento que daba autoridad para dominar)”, (véase: Igualdad y no discriminación: nuevas perspectivas para abordar el consumo de drogas). Más simple, en cada época ciertos individuos por el hecho de poseer determinadas características se adjudicaban el derecho de dominar a quienes no contaban con ellas: y una característica natural fue el sexo.

Basta recordar que para los griegos, por ejemplo, el ciudadano (la persona-verdadera) era el hombre libre, mayor de edad y residente. O sea, el ciudadano era: 1) hombre, no mujer, y sobra decir que, por lo tanto, no animal; 2) libre, no esclavo; 3) mayor de edad, no infante; y 4) residente, no extranjero. La voz autorizada para participar en los asuntos públicos era determinada por el sexo con el que se nacía.

Desde entonces, por lo que hace a nuestra civilización occidental, el dominio de lo masculino hacia lo femenino fue considerado algo normal. Y fue una idea, que conforme avanzó el reconocimiento de la igual dignidad de las personas (mediante la afirmación de la universalidad de los derechos), y específicamente con el nacimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero no solo, es que el paradigma del dominio masculino empezó a desmantelarse. Sin embargo, y a pesar de los grandes avances en cuanto a reconocimiento de derechos a las mujeres, ellas siguen sufriendo una serie de violencias fundamentadas en su sexo. Unas violencias más visibilizadas que otras pero con un telón de fondo común: la discriminación.

El día miércoles pasado, Oxfam México nos recordó una violencia silenciosa pero presente que afecta a las mujeres en nuestro país: la violencia económica. Según esta organización

“la violencia económica se manifiesta a través de limitar los ingresos de las mujeres, otorgar salarios menores por la misma labor, y dejar toda la carga del trabajo de cuidado de niños, ancianos y otros miembros de la familia a las mujeres sin remunerarlas y sin crear el acceso a servicios públicos adecuados que les permitirían un desenvolvimiento profesional equitativo”, (La desigualdad es violencia económica).

Los datos son contundentes y nos hablan de la necesidad de atajar las distintas modalidades de la violencia económica. En México las mujeres ganan 15% menos que los hombres, por el mismo trabajo. Y según la última encuesta sobre Dinámicas de las Relaciones en los Hogares realizada por el INEGI, reveló que en el 56% de los hogares mexicanos se ha vivido violencia económica. Adicionalmente, un 36% de las mujeres en el país manifestaron haber recibido reclamos sobre la forma en que gastan su dinero. Casi un 25% dijo que su pareja le prohibió trabajar o estudiar, mientras que un 22% señaló que aunque sus cónyuges tengan dinero han restringido los gastos domésticos.

Erradicar la violencia hacia las mujeres pasa por el reconocimiento de las violencias que no son visibles. Y, sobre todo, erradicarla no significa liberar a un grupo poblacional del yugo de la violencia, significa dar pasos en la afirmación de la igual dignidad de la que gozan todas las personas. Tanto en el pasado como en el presente la conquista de la igualdad significa combatir todos los anti-igualitarismos que tratan de legitimar supuestas supremacías que otorgan el dizque derecho a unos de dominar a otros. En la construcción de sociedades igualitarias es necesario sensibilizar a todas y todos de la importancia de renunciar a los privilegios que colocan a algunos encima de los demás: en las empresas, en los espacios laborales, desde los medios de difusión de ideologías (como los medios de comunicación), los espacios domésticos, las escuelas. Construir igualdad es, encima de todo, construir y alcanzar más libertad.

Publicado originalmente en: The Mexican Times

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