Partidos totalitarios y partidos democráticos

Uno de los autores a los cuales se acude en los estudios sobre las tipologías de los partidos políticos del siglo pasado, es Klaus von Beyme, quien también dedicó parte de su obra al estudio del conservadurismo. Para von Beyme existe una categoría especifica dentro de su tipología la cual describe a los partidos que regulan la vida de sus militantes de manera total, que no solo adoctrinan en términos políticos, sino ética y moralmente; es decir, partidos que moldean las perspectivas respecto de los temas políticos de sus militantes, pero también las perspectivas que estos deberán asumir en cuestiones de índole privada: son los partidos-iglesia o totalitarios, dentro de los cuales, von Beyme no ubica a los partidos democráticos, sino a los comunistas, a los fascistas, etcétera.

Los partidos-iglesia o totalitarios en comparación con los democráticos, parten de un fundamento y una verdad que no admite cuestionamientos. Ya que se construyen sobre fundamentos, no es extraño que en ellos se gesten, lógicamente, fundamentalismos que, aún en el siglo XXI, cotidianamente dan pie al surgimiento de movimientos neonazis, neofascistas, neocomunistas, ultraconservadores, radicales, todos ellos, sin importar el lado del espectro ideológico en cual se les ubique, con una característica en común: la intransigencia.

Por su parte, los partidos democráticos, los que se definen como tal, se fundan y se constituyen sobre razones (racionales y razonables, aunque parezca juego de palabras), que no han sido establecidas de una vez y para siempre, sino que, sujetas a actualizaciones, son proclives a rectificación o replanteamientos.

En este sentido, mientras la ética de los partidos totalitarios es una ética forjada en verdades absolutas, totales, la ética de los partidos democráticos es, en cambio, como señala Michelangelo Bovero, una ética laica, “una ética de la búsqueda de principios universales basada únicamente en la fuerza del mejor argumento pero abierta a la rectificación de todos sus argumentos”.Para Bovero, el laico es el autocrítico por excelencia y cree: que la represión de las convicciones ajenas no es ni el mejor ni el más eficaz de los medios para ensanchar el área de consenso de sus propias convicciones; y cree que la única fuerza admisible en la propagación de afirmaciones es la fuerza del mejor argumento.[1]

Reflexionar la naturaleza de nuestros partidos, sus definiciones y acciones es primordial en una democracia en ciernes como la mexicana.

Quienes militan en partidos, y quienes asumen la democracia y los valores que ella implica como principios de la convivencia social civilizada tienen la obligación de confrontar a los fundamentalismos en todas sus expresiones mediante el debate, de otra forma, dejarlos crecer y expandirse, es dejar que la cultura democrática y sus valores pierdan terreno y retrocedan, tienen la obligación de encontrarnos con los demócratas que existen en otros lugares, dentro de los partidos y fuera de ellos; tienen la obligación de escucharse, aunque sus voces e ideas sean distintas, los demócratas siempre tendrán un adversario común: la intolerancia.

[1] Michelangelo Bovero, “Ética laica y democracias contemporáneas” (entrevista) en Antonella Attili, La política y la izquierda de fin de siglo, México, Cal y Arena, 1997.

Publicado originalmente en: The Mexican Times

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