Orlando y la Ciudad de México

Los sucesos fatales ocurridos el pasado fin de semana en Orlando, Florida, que dejaron como saldo 50 víctimas, nos obligan como cultura occidental, como continente, a repensar los esquemas en los que se desarrollan nuestras sociedades. Pero, nuestra reflexión debe iniciar desde la realidad de México y de la Ciudad.

Apenas el mes anterior los medios de información nos comunicaban del múltiple asesinato en un bar de Xalapa, Veracruz, donde 5 personas homosexuales resultaron muertas. Sin embargo, no debemos ir muy lejos, según el informe de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia, realizado por la organización de la sociedad civil Letra S Sida, Cultura y Vida Cotidiana, en los últimos 20 años en el país se han perpetrado más de 1300 crímenes de odio derivados de las preferencias y orientaciones sexuales de las víctimas, agresiones focalizadas en personas homosexuales, lesbianas, bisexuales y tránsgenero.

En promedio, esto ha significado 65 casos por año, 5 por mes, 1 por semana. Para tristeza de esta Asamblea Legislativa y de nuestra Ciudad, la capital de la República ocupa el primer lugar en crímenes de odio hacia la población LGBTTI con 193 casos más, por supuesto, lo que pudiese arrojar la cifra negra. Demandamos a las instancias correspondientes del Gobierno de la Ciudad y de las Delegaciones tomar acciones preventivas, a fin de que hechos de esta naturaleza no se repliquen en la Ciudad.

Hablo como asambleísta emanado de un partido que es humanista: Acción Nacional. Donde pugnamos por el respeto absoluto, irrestricto, de la dignidad de todas las personas. Nos sumamos al dolor de quienes en el vecino país, pero sobre todo en el nuestro –y en la Ciudad de México–, han sido víctimas de la intolerancia expresada en sus diversas violencias, en el acoso, en la discriminación, en el asesinato: condenamos rotundamente estas acciones.

Repudiamos todas y cada una de las retóricas del odio y de la intransigencia, emitidas desde los púlpitos de diferente signo, desde los medios de comunicación y desde cualquier espacio que sirva para la difusión de las ideas. Hablo también como padre de un pequeño niño, porque quiero que él pueda crecer en medio de una sociedad que es capaz de respetar sus elecciones, su identidad y sus preferencias. Porque quiero que pueda vivir libre de cualquier temor, y que cuente con un Estado y una Ciudad capaz de garantizar su derecho a la integridad física y emocional.

Nuestra Ciudad y nuestro país, deben vivir efectivamente los valores democráticos del diálogo y del debate, pero se debe recordar que el valor fundacional de nuestra civilización y de la democracia es la convivencia pacífica, la cual requiere de la verdadera inclusión de todos y de todas. Y ella no se puede lograr, ahí donde una sociedad acosada por colonizadores de conciencias e inquisidores de la libertad dispersan odio, rechazo y exclusión. El reconocimiento pleno de la dignidad de las personas, significa el reconocimiento pleno de los derechos a todas las personas, sin ningún tipo de discriminación, por muy cultural que esta parezca. Es nuestra obligación como ciudadanos y como legisladores, defender los derechos de todas las personas, porque defendiéndolos, defendemos los propios.

Finalizo, recordando las palabras de un gran hombre del siglo pasado, que luchó contra todo un sistema de exclusión apoderado de su país, Nelson Mandela:

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel o por su religión [o por sus preferencias y orientaciones sexuales, podríamos añadir]. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”.

Publicado originalmente en The Mexican Times.

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