Discriminación, violencia y cultura

En fechas recientes los medios de comunicación, y sobre todo, las redes sociales, han exhibido distintos episodios que han dejado ver el profundo arraigo de una cultura misógina y machista que vulnera a las mujeres, pero no solamente a ellas. Sin embargo, la misoginia y el machismo forman parte de una cultura mayor y anterior a estas, es la cultura de la discriminación, una práctica que como ha mostrado elConsejo Nacional para Prevenir la Discriminación, en sus diversas encuestas, sigue presente y bastante ejercida por las y los mexicanos.

Hablamos de cultura de la discriminación como una serie de ideas, prejuicios, tradiciones, costumbres, imágenes, símbolos, etcétera, que atentan contra la dignidad de las personas y el ejercicio de sus derechos. Es evidente que todas las personas son distintas, son diferentes, aunque iguales en tanto que personas, y en esta igualdad descansa el fundamento de que todos y todas deben gozar de los mismos derechos. A pesar de esto, la discriminación parte de la asignación de un valor, positivo o negativo, a la diferencia entre las personas y grupos sociales, es decir, la diferencia es objetiva, existe, sin que ello implique otra cosa. Pero para algunos, estas diferencias adquieren un valor, por ejemplo, ser católico es positivo en un país de hegemonía católica, pero es negativo ser protestante; ser hombre es positivo en una sociedad patriarcal o machista, mientras que ser mujer, es negativo. O sea, contar con tal o cual característica pone de antemano a las personas en una situación de privilegio o, por el contrario, de opresión, que repercute en los momentos de otorgar derechos o dar acceso al ejercicio de los mismos a las personas. Desde esta lógica grupos y personas se han adjudicado el derecho a dominar y a oprimir a otros, tanto en el pasado pero todavía, aún, en el presente.

Con el paso del tiempo, la palabra discriminación se le ha asociado con una práctica incorrecta, políticamente incorrecta. La gente suele decir que se encuentra en contra del machismo, o del racismo, pero en la práctica la discriminación es palpable, y en un país como el nuestro, las expresiones de la discriminación se muestran cada vez con mayor violencia. Como dijimos, la discriminación es ante todo una cultura, que se alimenta de ideas, imágenes y símbolos, por ejemplo, nuestro tan controversial “puto” y su uso corriente en los partidos de fútbol, o en infinidad de casos, denota una (sub)cultura de la homofobia, del rechazo, a través de la caricaturización, de las personas homosexuales, un grito lanzado con ahínco al portero del equipo rival bajo la premisa de que ser homosexual sería per se una condición indigna, no de persona sino de subpersona.

Del mismo modo, nuestro imaginario popular se ha construido a partir de imágenes misóginas, “calladita te vez más bonita”, “corres como nena”, “puta”, “casquivana”, “las mujeres son chismosas”, entre muchas otras. Un imaginario popular que podemos ver descrito en los cientos de canciones de grupos exitosos de música banda, ranchera, reguetón, como es el caso del ultimo videoclip del cantante Gerardo Ortiz, que finaliza ni más ni menos que con la incineración, por supuesto ficticia, de una mujer.

No resulta imposible imaginar que en un país donde los medios de comunicación, desde sus telenovelas hasta sus grupos musicales, difunden hasta el cansancio la cosificación de la mujer, su sometimiento, francas invitaciones a violentarlas, a ellas, pero también a todos los “otros”, los que no forman parte de la, dizque, mayoría ungida con el derecho a excluir, segmentar y discriminar. Bajo ese “derecho” a dominar y oprimir a las “subpersonas” es que actúan sujetos como los Porkys de Veracruz, o los grupos criminales involucrados en las desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez, o en las muertes de homosexuales, incluso de población indígena y afrodescendientes, pero siguen sonando chistosas frases como “pareces indio” o “trabajo como negro para vivir como blanco”.

El combate a la discriminación, el combate a una práctica que pone en riesgo nuestro sistema de derechos humanos, es responsabilidad de todo Estado democrático, pero también de los actores políticos, sociales, culturales y religiosos. La construcción de una sociedad tolerante, incluyente, es ante todo el proceso de evidenciar las prácticas que nos demuestran que la discriminación sigue presente, y que debe erradicarse.

La discriminación está viva y es un peligro.

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