Claves para la falsa tolerancia

Desde diversos frentes y gracias a distintos actores el valor de la tolerancia se promueve con ahínco. No podría ser de otra manera en un país con tantos matices como el nuestro y de tantas verdades supuestamente intocables. Nuestra democracia y nuestra sociedad requieren de la tolerancia, como respeto al pensamiento distinto al nuestro, que abre la posibilidad del disenso y del desacuerdo, a la vez que reconoce y permite que la pluralidad pueda expresarse. Sin embargo, la tolerancia pareció olvidárseles a algunos de sus promotores que forman parte de nuestro “régimen comentocrático”.

Antes de cualquier cosa, debo aclarar que como muchos otros esperé que el Papa en su visita a México, hablara con contundencia, más allá de los signos, de su condena a la pederastia clerical, cínicamente encubierta por actores relevantes del clero mexicano, o siquiera pronunciara su apoyo a las víctimas y familias de las personas desaparecidas, aunque hay que decirlo, en algunos momentos hizo referencia a la problemática. Me parece que el mensaje de Francisco fue crítico.

Sin embargo, la calidad de nuestro debate, y de quienes mostraron su inconformidad con la visita papal se tornó en ocasiones en discurso de odio, ese mismo discurso que rechazamos en tantos otros casos. Pero quiero hacer algunas precisiones que me parecen pertinentes:

  1. La democracia sin reconocimiento y promoción del pluralismo, no existe.
  2. Que la democracia requiera del pluralismo, es decir, posturas e ideas diferentes, como condición necesaria, implica el ejercicio de una ética laica, en el sentido en que la entiende Michelangelo Bovero: “una ética de la búsqueda de principios universales basada únicamente en la fuerza del mejor argumento pero abierta a la rectificación de todos sus argumentos”. Entendiendo que “la democracia es, en sí misma, la organización política del agnosticismo. Nadie tiene la razón de antemano”.
  3. En ese sentido, la discusión de las ideas, desde una perspectiva laica, implica dos cosas, primero “que la represión de las convicciones ajenas no es ni el mejor ni el más eficaz de los medios para ensanchar el área de consenso de sus propias convicciones”, y segundo “cree que la única fuerza admisible en la propagación de afirmaciones es la fuerza del mejor argumento.”
  4. El pensamiento laico, que lo mismo puede ser de izquierda o derecha, apela a la razón y a la experiencia, no a principios de autoridad o a nuevos dogmas. Por lo tanto, el laico, no es el ausente de creencias, sino el que considera que sus creencias deben estar sustentadas racionalmente, no visceralmente como vimos, de manera que puedan someterse a examen crítico, con la finalidad de que puedan ser validadas o rechazadas.

Teniendo en cuenta lo anterior, y viendo el giro que tomó la discusión, es que podemos decir que la pasada visita del Papa, no generó un auténtico debate de ideas, develó un burdo intercambio de impresiones personales, muchas veces viscerales, un intercambio de descalificaciones, que exhibió nuestra profunda cultura de la intolerancia. Habría que recordarles a muchos que la tolerancia se ejerce hacia todos, sobre todo con quienes disentimos. El Museo de la Memoria y Tolerancia, en la Ciudad de México, recuerda una frase de Norberto Bobbio que valdría pena tener presente:

De las observaciones de la irreductibilidad de las creencias definitivas saqué la más grande lección de mi vida. Aprendí a respetar las ideas de los otros y detenerme ante el secreto de cada conciencia, a entender antes que discutir, a discutir antes que condenar, y como estoy en ánimo de confesiones voy hacer una más quizás superflua: ¡detesto a los fanáticos con toda mi alma!.

Publicado originalmente en: The Mexican Times

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