67 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

El 10 de diciembre de este año se conmemora el 67 aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una declaración, que según distintos pensadores, se constituye como “la expresión más elevada de la razón y de la civilización occidental. Ella sintetiza milenios de historia del pensamiento político, desde Platón hasta la primera mitad del siglo XX, y continúa ampliándose”.[1] Y aunque ya se ha reflexionado sobre los derechos humanos en este espacio, es importante recordar el porqué de la importancia toral de este tema para nuestra civilización y, en particular, para nuestro país.

La firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos ocurre tras las dos peores guerras del siglo pasado, es decir, la primera y segunda guerras mundiales. En específico, tras la derrota de los totalitarismos de derecha que acosaron a Europa, a saber: los fascismos de Alemania con Hitler, y de Italia con Benito Mussolini. El mensaje fue contundente: 1) todos los seres humanos por el hecho de ser personas, gozan de igual dignidad y derechos; 2) las personas nacen libres; y, 3) dado que las personas son sujetos racionales (“dotados como están de razón”) deben promover la cultura de la paz (“comportarse fraternalmente los unos con los otros).[2] Desde la dramática crisis de Europa, nacía el artículo que sintetizó los valores presentes en la historia del pensamiento político occidental: la igualdad, la libertad y la paz. Igualdad y libertad como condiciones de las personas y la paz como contexto de convivencia de las personas.

Como siempre se insiste al hablar de las constituciones, declaraciones y tratados, la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce los derechos de todas las personas pero no describe una realidad determinada, es decir, ella establece postulados que deben normar la realidad en distintos contextos. Si el contexto del mundo entre la década de los 40 en adelante, estaba caracterizada por sociedades y gobiernos clasistas (burgueses generalmente), con regímenes políticos que segregaban y distinguían entre personas y sub-personas, que dotaban a ciertos grupos poblacionales con privilegios y mantenían a la mayoría de la población como sujetos-sin derechos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nacía entonces como el Documento que denunciaba las arbitrariedades que había, primero en los países de la civilización occidental, y después en el resto del orbe.

Por tanto, frente al contenido axiológico de esta declaración (igualdad, libertad y paz) los enemigos, simbólicos, de nuestra cultura que había que erradicar, por principio en los países de Occidente, quedaron establecidos: la desigualdad, la opresión-autoritarismo y la violencia. Por ello, no es fortuito que con el fin de la segunda guerra mundial y la ulterior firma de la Declaración, en el mundo haya ocurrido, en términos de Samuel Huntington, una ola democratizadora (la segunda) de países, sobre todo, europeos. Con el reconocimiento universal de los derechos humanos, la democracia tuvo un impulso que le llevo a posicionarse como la principal forma de gobierno en el planeta, lo cual se confirmaría tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos continúa vigente y, quizá ningún otro documento cuente con la fuerza moral de regir la vida de la civilización occidental. Es decir, la Declaración es, a la vez que un documento de reconocimiento de derechos, una serie de postulados éticos, lo cual significa que a la luz de ella se puede mirar con perspectiva crítica la actuación de los países de nuestra civilización.

A la luz de ella y lo que significa, es que sucesos como los terribles actos terroristas sucedidos en París el pasado 13 de noviembre pueden aquilatarse, pero sobre todo, se convierte en el parámetro para evaluar, críticamente, la actuación de Francia y del resto de los países enfrentados con el Estado Islámico (que no reconoce ni a sujeto iguales ni libres, opresor y autoritario, y cuyos mecanismos no apuntan hacia la paz), encarnación prototípica antitética del proyecto que encierra la Declaración. En otras palabras, la Declaración, hoy se convierte también en un instrumento para evaluar la (in)congruencia de las potencias occidentales, para cuidar nuestro legado civilizatorio como cultura, tanto de los enemigos que hay adentro y de los que existen afuera.

Publicado originalmente en: The Mexican Times

[1] Véase el artículo “Igualdad y no discriminación: nuevas perspectivas para abordar el consumo de drogas”, disponible en https://marinsp.wordpress.com/2015/03/06/igualdad-y-no-discriminacion-nuevas-perspectivas-para-abordar-el-consumo-de-drogas/ [2] Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 1.

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